El señor llama a las mujeres a su servicio

En las variadas ramas de la causa de Dios hay un amplio campo en el cual nuestras hermanas pueden rendir un buen servicio para el Maestro. […] Entre las nobles mujeres que tuvieron el valor moral de decidirse en favor de la verdad para este tiempo, se encuentran muchas que tienen tacto, percepción y habilidad, y que pueden llegar a ser obreras de éxito. Se necesitan las labores de tales mujeres cristianas.—El Evangelismo, 341.

Las mujeres como obreras cristianas

El que murió para redimir al hombre de la muerte, ama con amor divino y les dice a sus seguidores: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado”. Juan 15:12. Cristo, con sus acciones, mostró su amor por la raza caída. 


El verdadero hijo de Dios será semejante a Cristo. En la medida en que crezca en el conocimiento de la verdad y sea santificado por ella, se parecerá más y más a Jesús, y estará más deseoso de salvar a las almas que él compró con su sangre.

Algunos pueden hacer más que otros, pero todos pueden hacer algo. Las mujeres no debieran sentir que están excusadas debido a sus labores domésticas. Con inteligencia debieran descubrir cómo trabajar metódicamente y lograr el éxito en traer almas a Cristo. Si todos comprendieran la importancia de hacer lo máximo posible en la obra de Dios; si todos sintieran un profundo amor por las almas que los llevase a sentir una carga por ellas, centenares de los que hasta aquí han sido débiles y desinteresados y que han realizado muy poco o nada, se transformarían en obreros activos. 

En muchos casos, la necedad del mundo ha obstruido los canales del alma. El egoísmo ha controlado la mente y envuelto el carácter. Pero si la vida se escondiera con Cristo en Dios, el servirle no sería una labor fatigante. Si los corazones fueran plenamente consagrados a Dios, todos encontrarían algo que hacer y desearían tener una parte en su obra. Sembrarían junto a todas las aguas, orando y creyendo que el fruto llegará. Los obreros prácticos, temerosos de Dios, crecerán constantemente y rogarán con fe para obtener mayor gracia y sabiduría celestial que los capacite para hacer el trabajo con alegría y mente dispuesta. Buscarán los divinos rayos de luz que les permitan iluminar el camino de los demás. 

Aquellos que son colaboradores con Dios, no participarán en actividades meramente por diversión. No estarán buscando su propio gozo y felicidad. Al entrar en el servicio del Maestro en el temor de Dios, obtendrán la felicidad más sustancial. Conectados con Cristo, serán sabios para la salvación; serán árboles que dan fruto; desarrollarán una vida sin mancha, un carácter hermoso. La gran obra de la redención será su suprema consideración. La comida, la bebida y el vestido; las casas y tierras, serán de interés secundario. La paz de Dios obrará interiormente para arrancar las ramas retorcidas y deterioradas del egoísmo, la vanidad, el orgullo y la indolencia. La fe unida a la acción es lo que constituye la vida del cristiano. No alcanza con profesar a Cristo y tener nuestros nombres en el libro de la iglesia. Debiéramos ser obreros para Cristo y por nuestro esfuerzo personal mostrar que estamos conectados con él. 

Las mujeres cristianas están llamadas a servirle. Hay un amplio campo de acción en el cual pueden ofrecer su servicio al Maestro. Entre las nobles mujeres que tuvieron el valor moral de decidirse en favor de la verdad por el peso de la evidencia, se encuentran muchas que tienen el tacto, la percepción y la habilidad para llegar a ser obreras de éxito. Hay tareas que se han dejado de lado, o se han hecho imperfectamente, que podrían ser cumplidas mediante su servicio. Pueden llegar a ciertas clases que los ministros no pueden alcanzar. Hay cargos en la iglesia y en muchas ramas de la obra que ellas podrían cumplir aceptablemente si fueran instruidas adecuadamente.

Las mujeres pueden brindar un buen servicio en el campo misionero, escribiendo a sus amigos para conocer sus verdaderos sentimientos con relación a la causa de Dios. Muchos elementos valiosos serán traídos a la luz por este medio. Las obreras no deberían buscar la exaltación propia, sino la presentación de la verdad en forma simple cada vez que tengan la oportunidad de hacerlo. El dinero que ha sido gastado en adornos y ornamentos innecesarios, debiera haber sido dedicado a la causa de Dios para traer la luz de la verdad a aquellos que están en las tinieblas del error. Las almas salvadas mediante esos medios serán más preciosas que cualquier vestido costoso y a la moda. El vestido blanco y las joyas en la corona que Cristo les dará como recompensa por su consagrada dedicación a la salvación de las almas, serán más valiosos que los adornos innecesarios. Las estrellas de su corona brillarán para siempre y pagarán mil veces el sacrificio y el renunciamiento que han manifestado por la causa de Dios. {

Se necesitan mujeres de principios firmes y carácter decidido; mujeres que en verdad crean que estamos viviendo en los últimos días y que tenemos un mensaje solemne de amonestación para dar al mundo; mujeres dispuestas a comprometerse en la importante tarea de esparcir los rayos de luz que el cielo ha derramado sobre ellas. Cuando el amor de Dios y su verdad sean un principio permanente en sus vidas, no permitirán que nada pueda distraerlas o desanimarlas de su obra. En el temor de Dios, no serán apartadas de las labores en su causa por la tentación de actividades o situaciones más lucrativas o atractivas. Preservarán su integridad a cualquier costo. Estas mujeres representarán correctamente la religión de Cristo, y sus palabras serán como manzanas de oro con figuras de plata. Las tales pueden llevar a cabo una extraordinaria labor para Dios de muchas formas. Él las llama a ir al campo y cosechar las gavillas

La mujer cristiana inteligente puede usar sus talentos para alcanzar los más altos ideales. Por su actitud de renunciamiento y por su voluntad de servir al máximo de su capacidad, mostrará que cree en la verdad y ha sido santificada por ella. Muchas mujeres necesitan esta clase de tarea para mostrar su potencial. Las que son esposas y madres no deben descuidar a sus esposos y a sus hijos, pero pueden hacer mucho sin dejar de lado sus labores domésticas. Y hay muchas que no tienen estas responsabilidades. 

¿Quién puede tener un amor más profundo por las almas de hombres y mujeres por quienes Cristo murió que aquellos que son participantes de su gracia? ¿Quién puede representar mejor la religión de Cristo que las mujeres cristianas que están trabajando fervorosamente para traer almas a la luz de la verdad? ¿Quién está mejor adaptado para la obra de la Escuela Sabática? La verdadera madre es también la verdadera maestra de sus hijos. Si con un corazón imbuido con el amor de Cristo ella enseña a los niños de su clase infantil y ora con ellos y por ellos, los verá convertirse y unirse al rebaño de Cristo. No recomiendo que la mujer busque posiciones políticas o el voto.* Sin embargo, como una misionera, al enseñar la verdad por correspondencia, al distribuir material de lectura, o al conversar con las familias y orar con las madres y sus hijos, puede hacer mucho y llegar a ser una bendición.

El Señor de la viña está diciendo a muchas mujeres que no están haciendo nada: “¿Por qué estáis todo el día ociosas?” Las mujeres pueden ser instrumentos de justicia y rendir un servicio sagrado. María fue la primera en anunciar a Jesús resucitado, y se necesita la influencia refinadora y suavizante de las mujeres cristianas en la gran obra de predicar la verdad para este tiempo. Si hubiera veinte mujeres donde ahora hay solo una, que hicieran de la salvación de las almas su más deseada tarea, veríamos muchos convertidos a la verdad. Un servicio celoso y diligente en la causa de Dios será plenamente exitoso y asombrará por los resultados. Esta obra, que manifestará una real devoción a Dios, debe ser cumplida con paciencia y perseverancia. Dios quiere ver hechos, no solo palabras. 

La obra de Dios merece nuestros mayores esfuerzos. En cumplimiento del plan divino, el Hijo del hombre vino a buscar y salvar lo que se había perdido. Les enseñó a los perdidos y errantes a quienes había venido a salvar, y oró fervorosamente a su Padre en su favor. Esta es la tarea a la que deberíamos consagrarnos. Si el Hijo de Dios, el Creador de los mundos no consideró indigna esta tarea, ¿Acaso sus seguidores deberían considerarla demasiado humillante o abnegada? De ninguna manera. No importa cuán altas sean las aspiraciones de una persona, no hay llamamiento más alto, más sagrado, y más ennoblecedor que ser un colaborador con el Hijo de Dios. 

A menudo estamos tan ocupados en nuestros propios intereses, que nuestros corazones no ven las necesidades de la humanidad; carecemos en cuanto a actos de solidaridad y benevolencia; en el ministerio sagrado y social en favor del necesitado, el oprimido y el sufriente. Se necesitan mujeres que no sean altaneras sino de maneras suaves y gentiles, de corazón compasivo, que puedan actuar con la mansedumbre de Cristo doquiera se las necesite para la salvación de las almas. Todos aquellos que hemos sido hechos participantes de los beneficios celestiales, debiéramos estar fervientemente ansiosos por compartir las evidencias de la verdad con aquellos que no tienen los privilegios que nosotros gozamos. Y no solamente desear que ellos tengan ese beneficio, sino hacer nuestra parte para que lo logren. 

Aquellos que lleguen a ser colaboradores con Dios, crecerán en poder moral y espiritual. En cambio, aquellos que dediquen su tiempo y energías a servirse a sí mismos, se marchitarán, empequeñecerán y morirán. Todos, las mujeres cristianas, los jóvenes, los adultos y los ancianos, pueden tener una parte en la obra de Dios para este tiempo. Y al participar en esta obra en la medida en que las oportunidades se presenten, obtendrán una experiencia del más alto valor para sí mismos. Al olvidarse del yo, crecerán en la gracia. Al entrenar la mente en esta dirección, aprenderán a llevar cargas para Jesús, y comprenderán mejor la bendición del servicio. Y muy pronto vendrá el tiempo cuando “los que sembraron con lágrimas con regocijo segarán”. Salmos 126:5.—The Signs of the Times, 16 de septiembre de 1886. 

El Señor tiene una obra para las mujeres así como para los hombres. Ellas pueden ocupar sus lugares en la obra del Señor en esta crisis, y él puede obrar por su medio. Si están imbuidas del sentido de su deber, y actúan bajo la influencia del Espíritu Santo, tendrán justamente el dominio propio que se necesita para este tiempo. El Señor reflejará la luz de su rostro sobre estas mujeres abnegadas, y les dará un poder que exceda al de los hombres. Pueden hacer en el seno de las familias una obra que los hombres no pueden realizar, una obra que alcanza hasta la vida íntima. Pueden llegar cerca de los corazones de las personas a quienes los hombres no pueden alcanzar. Se necesita su colaboración.—The Review and Herald, 26 de agosto de 1902. 

Escuchamos mucho acerca de la educación de las mujeres y es un asunto que merece cuidadosa atención. La más alta educación para la mujer está en cultivar plenamente todos sus talentos y posibilidades. El corazón, el espíritu y la mente, tanto como la parte física, deben ser adecuadamente desarrollados. Hay muchas que no se han cultivado mentalmente ni en sus modales. Otras están llenas de presunción y pareciera que su único blanco en la vida fuese aparentar. Cuando vemos este estado de cosas, no podemos menos que susurrar una oración pidiendo a Dios que bendiga este mundo con mujeres que hayan desarrollado su mente y carácter como debieran; mujeres que tengan una verdadera comprensión de la responsabilidad que les fue dada por Dios.—The Signs of the Times, 23 de marzo de 1891.

Si aquellos que tienen gran luz no responden a la invitación de ser colaboradores con Dios, entonces el Señor utilizará a quienes han tenido menos luz y más escasas oportunidades. Aquellos que se ocupan de su salvación con temor y temblor, comprenderán que es Dios quien obra en ellos para hacer su voluntad. Debiera haber miles que despierten y con pleno fervor entren en la obra de Dios para brillar como luces resplandecientes. Debiera haber miles que conozcan el tiempo en que estamos viviendo, y que no necesiten que se les empuje a la acción, sino que, constreñidos por el poder de Dios, se dediquen a difundir la luz y a presentar a otros la verdad que está claramente revelada en la Palabra de Dios. No hay tiempo que perder. 

Hombres y mujeres debieran estar ministrando en comunidades lejanas que aún no tienen la luz. Una vez que se haya despertado el interés, debieran encontrar al predicador que esté capacitado para la presentación de la verdad, y calificado para instruir a las familias en la Palabra de Dios. Las mujeres que mantienen la causa de Dios en el corazón pueden hacer un buen trabajo en el vecindario donde residen. Cristo habla de mujeres que lo ayudaron a presentar la verdad a otros. Pablo también menciona mujeres que colaboraron con él en la predicación del evangelio. Pero, ¡cuán limitada es la labor de aquellos que podrían hacer una gran obra si ellos mismos se lo propusieran! Hay familias que tienen medios que podrían usar para la gloria de Dios yéndose a tierras distantes, para dejar brillar su luz mediante buenas obras hacia aquellos que necesitan ayuda. ¿No habrá hombres y mujeres que, siguiendo el ejemplo de Cristo, se consagren a la obra misionera?—The Review and Herald, 21 de julio de 1896. {HD 18.2}
Hijas de Dios
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