“El que trabaja en un país extranjero debe llevar en su corazón la paz y el amor del cielo; porque ésta es su única seguridad. En medio de la perplejidad y las pruebas, el desaliento y los sufrimientos, con la consagración de un mártir y el valor de un héroe, debe aferrarse a la mano que nunca lo suelta, diciendo: ‘Nunca desmayaré ni me desalentaré’... Si antes de hablar con otros, busca ayuda de lo alto, puede tener la seguridad de que los ángeles del cielo estarán con él. Puede ser que a veces anhele sentir la simpatía humana, pero en su soledad puede sentir consuelo y ánimo por la comunión con Dios. Anímese por las palabras del Salvador: ‘He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’” (OE484, 485).