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Elena de White: Lutero y la gran Reforma

Entre los que fueron llamados a conducir a la iglesia de las tinieblas papales a la luz de un fe más pura, descuella Martín Lutero. Celoso, ardiente y consagrado, sin conocer otro temor que el temor de Dios, y sin aceptar otro fundamento para la fe religiosa que las Sagradas Escrituras, Lutero era el hombre para su época. Por su intermedio Dios llevó a cabo una gran obra para la reforma de la iglesia y la iluminación del mundo.

En cierta oportunidad, mientras examinaba los libros de la biblioteca de la universidad, Lutero descubrió una Biblia en latín. Antes había escuchado algunos fragmentos de los Evangelios y de las epístolas en el culto público, y llegó a la conclusión de que eso debía ser toda la Palabra de Dios. Ahora, por primera vez, veía una Biblia completa. Con una mezcla de temor y admiración hojeó las páginas sagradas; con pulso acelerado y corazón conmovido leyó por sí mismo las palabras de vida, deteniéndose de vez en cuando para exclamar: “¡Oh, si Dios me diera este libro para tenerlo yo mismo para mí!” Los ángeles del cielo estaban a su lado, y los rayos de luz procedentes del trono de Dios revelaron tesoros de verdad a su entendimiento. Siempre temió ofender a Dios, pero entonces la profunda convicción de su condición pecaminosa se apoderó de él como nunca antes. Un ferviente deseo de ser libre del pecado y encontrar paz con Dios lo indujo finalmente a entrar al claustro y dedicarse a la vida monacal.

Todo momento libre que le permitían sus deberes cotidianos los empleaba en estudiar, privándose del sueño y aún sacando tiempo de los momentos que dedicaba a sus humildes comidas. Sobre todas las cosas se deleitaba en el estudio de la Palabra de Dios. Descubrió una Biblia encadenada al muro del convento, y a menudo acudía a ella.

Lutero fue ordenado sacerdote y se lo llamó desde el claustro para que ejerciera un profesorado en la universidad de Wittenberg. Allí se dedicó al estudio de las Escrituras en sus idiomas originales. Comenzó a dar conferencias acerca de la Biblia; y el libro de los Salmos, los evangelios y las epístolas se abrieron a la comprensión de multitudes de gozosos oyentes. Era poderoso en las Escrituras y la gracia de Dios descansaba sobre él. Su elocuencia cautivaba a sus oyentes, la claridad y el poder con que presentaba la verdad convencían sus entendimientos, y su profundo fervor tocaba sus corazones.

El guía de la reforma

Como resultado de la Providencia de Dios, decidió visitar Roma. El papa había prometido una indulgencia a todos los que ascendieran de rodillas lo que se conocía con el nombre de la escalera de Pilato. Lutero se encontraba cierto día llevando a cabo ese acto, cuando repentinamente una voz semejante a un trueno pareció decirle: “¡El justo por la fe vivirá!” Se puso de pie avergonzado y horrorizado, y huyó del escenario de su insensatez. Ese texto jamás perdió el poder que ejerció sobre su alma. De allí en adelante comprendió con mayor claridad que nunca el error de confiar en obras humanas para obtener la salvación, y la necesidad de ejercer fe constante en los méritos de Cristo. Sus ojos se abrieron para no cerrarse nunca más a los errores del papado. Cuando apartó su rostro de Roma también separó su corazón, y desde ese momento la separación se hizo cada vez más grande, hasta que cortó toda relación con la Iglesia Católica.

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Al regresar de Roma, Lutero recibió por parte de la universidad de Wittenberg el título de doctor en teología. Entonces se sintió en entera libertad para dedicarse como nunca antes a las Escrituras que tanto amaba. Había formulado solemnemente el voto de estudiar con cuidado la Palabra de Dios y de predicarla con fidelidad todos los días de su vida, y no los dichos y las doctrinas de los papas. Ya no era más meramente un monje o profesor, sino el heraldo autorizado de la Biblia. Había sido llamado para pastorear y alimentar la grey de Dios, que se hallaba hambrienta y sedienta de la verdad. Declaró con firmeza que los cristianos no deben recibir otra doctrina fuera de la que se basa en la autoridad de las Sagradas Escrituras. Esas palabras sacudieron los mismos fundamentos de la supremacía papal. Contenían los principios vitales de la Reforma.

Lutero entonces se dedicó de lleno a su obra como campeón de la verdad. Su voz, en fervorosa y solemne advertencia, se escuchó desde el púlpito. Presentó delante de la gente el carácter ofensivo del pecado y enseñó que es imposible para el hombre por sus propias obras disminuir su culpa o evitar el castigo. Sólo el arrepentimiento ante Dios y la fe en Cristo pueden salvar al pecador. La gracia del Señor no puede ser comprada; es un don gratuito. Aconsejó a la gente a que no comprara indulgencias, sino que mirara con fe al Redentor crucificado. Se refirió a su propia dolorosa experiencia al tratar vanamente de obtener la salvación por medio de humillaciones y penitencias, y aseguró a sus oyentes que al apartar la vista de sí mismos y al creer en Cristo encontrarían paz y alegría.

Las enseñanzas de Lutero atrajeron la atención de la gente que pensaba en toda Alemania. De sus sermones y escritos surgían rayos de luz que despertaban e iluminaban a miles de personas. Una fe viviente ocupó el lugar del muerto formalismo en el que había yacido por tanto tiempo la iglesia. La gente cada día perdía confianza en las supersticiones del catolicismo. Las barreras del prejuicio se comenzaron a quebrantar. La Palabra de Dios, por medio de la cual probaba Lutero toda doctrina y toda pretensión, era como una espada de dos filos que penetraba hasta el corazón de los hombres. Por todas partes surgía el deseo de progresar espiritualmente. Por todas partes había un hambre y una sed de justicia que no se había visto por siglos. Los ojos de los seres humanos, que por tanto tiempo habían sido dirigidos a los ritos y a los mediadores humanos, se volvieron entonces arrepentidos y con fe a Cristo, y a Cristo crucificado.

Los escritos y las doctrinas del reformador se diseminaron por todas las naciones de la cristiandad. Su obra se extendió por Suiza y Holanda. Copias de sus escritos llegaron a Francia y España. En Inglaterra se recibieron sus enseñanzas como la Palabra de vida. La verdad también se extendió a Bélgica e Italia. Miles despertaron de su sopor mortal para participar de la alegría y la esperanza de una vida de fe.

Fuente: La Historia de la Redención, p. 360

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