Recursos Bíblicos
La
autoestima

Desarrollar la autoestima
Si deseamos hacer el bien a las almas, nuestro éxito con ellas dependerá de que ellas crean que nosotros creemos en ellas y las apreciamos. El respeto que se muestra por el alma humana que lucha es el medio seguro, mediante Jesucristo, para restaurar el respeto propio que el hombre ha perdido. Nuestras ideas sobre lo que
pueden llegar a ser, son una ayuda que nosotros mismos no podemos
apreciar plenamente.—Fundamentals of
Christian Education, 281 (1893).
Respeto por la dignidad del ser humano
Dondequiera que no haya que transigir con los principios, la consideración hacia los demás inducirá a adaptarse a costumbres aceptadas; pero la verdadera cortesía no requiere el sacrificio de los principios en aras de los convencionalismos sociales. No sabe de castas. Enseña el respeto propio, el respeto a la dignidad del
ser humano en su calidad de tal, y la consideración hacia todo miembro de la gran confraternidad humana.—La Educación, 240 (1903).
Mantener la autoestima
Puede ser que algunos de aquellos con quienes tienen contacto sean rudos y descorteses, pero no sean ustedes menos corteses por causa de ello. Aquel que desee conservar su autoestima debe tener cuidado de no herir innecesariamente el de los demás. Esta regla debe obedecerse religiosamente con los que son más lentos para
aprender, así como con los que yerran continuamente. No sabéis lo que Dios se propone hacer con los que aparentemente prometen poco. En el pasado él llamó a personas que no eran más promisorias ni atrayentes que ellos para que hiciesen una gran obra para él.
Su Espíritu, obrando en el corazón, despertó toda facultad y la
hizo obrar poderosamente. El Señor vio en estas piedras toscas y sin
tallar material precioso, que podía soportar la prueba de la tempestad,
el calor y la presión. Dios no mira desde el mismo punto de vista que
el hombre. No juzga por las apariencias, sino que escudriña el
corazón y juzga rectamente.—Obreros Evangélicos, 128, 129 (1915).
La rectitud genera respeto propio
Los hombres de principios no necesitan la restricción de
cerraduras y candados; no necesitan ser vigilados y observados. Tratarán con honestidad y honorabilidad en todo tiempo, cuando están solos y nadie los observa, como cuando están en público. No mancharán sus almas por ganancias o ventajas egoístas. Desprecian un acto vil. Aunque nadie lo llegara a saber, ellos mismos lo sabrían, y
eso destruiría su respeto propio. Los que no son rectos y fieles en
las cosas pequeñas no se reformarán aunque haya leyes y restricciones y castigos en cuanto a ellas.—Counsels on Health, 410 (1879).

El respeto propio debe ser firmemente apreciado
Permanentemente hemos de anhelar ser partícipes de la pureza moral, el respeto propio y un fuerte poder de resistencia. No
debería haber ni una sola desviación del recato. Un acto de familiaridad,
una sola indiscreción pueden poner en peligro el alma al abrir la
puerta a la tentación, debilitando así el poder de resistencia.—Counsels on
Health, 295 (1885).
El respeto propio es la medida del respeto por los demás
Mediante la complacencia del pecado se destruye el respeto propio; y cuando este se pierde, se disminuye el respeto por los demás; pensamos que los otros son tan perversos como nosotros mismos.—Testimonies for the
Church 6:53 (1900). 
Los hábitos erróneos socavan la autoestima de los alumnos
Los hábitos erróneos destruyen la autoestima, eliminan el dominio propio. Alguien así no puede razonar correctamente sobre los asuntos que más íntimanente le conciernen. Es descuidado e irracional en la forma de tratar su mente y su cuerpo. Por la
práctica
de estos hábitos, se arruina. No puede obtener la felicidad; pues
su descuido en el cultivo de los principios puros y sanos lo coloca
bajo el dominio de los hábitos que destruyen su paz. Sus años de
estudio se pierden, porque se ha destruido a sí mismo. Ha empleado mal sus facultades físicas y mentales, y el templo de su cuerpo se
encuentra arruinado. Está arruinado para esta vida y para la venidera. Pensó
obtener un tesoro adquiriendo conocimiento y sabiduría terrenales; pero por dejar a un lado la Biblia sacrificó un tesoro que vale
más que todo.—Palabras de Vida del
Gran Maestro, 80, 81 (1900).
Las palabras impacientes afectan la autoestima
Los que emplean un lenguaje tal experimentarán vergüenza, pérdida del respeto propio y de la confianza en sí mismos, y tendrán amargo remordimiento y pena por haber perdido el dominio propio y hablado de ese modo. ¡Cuánto mejor sería no pronunciar jamás
palabras semejantes! ¡Cuánto mejor sería tener el aceite de la gracia en
el corazón, ser capaces de resistir toda provocación y soportar
todas las cosas con mansedumbre y tolerancia cristianas!—The Review
and Herald, 27 de febrero de 1913; Mensajes para los
Jóvenes, 325.

Los padres nunca han de perder el respeto propio por
palabras descuidadas
No salga de sus labios una palabra de enojo, dureza o mal genio. La gracia de Cristo está a su disposición. Su Espíritu dominará el corazón y la conciencia de ustedes, presidiendo sus palabras y
actos. No renuncien nunca a su respeto propio mediante palabras dichas con apresuramiento y sin pensarlas. Procuren que sus palabras sean
puras, su conversación santa. Den a sus hijos un ejemplo de lo que ustedes desean que sean ellos […]. Haya paz, palabras amables y semblantes alegres.—Conducción del Niño, 204 (1890).
La masturbación destruye el respeto propio*
El efecto de hábitos tan degradantes no es el mismo sobre las diversas mentes. Hay algunos niños que tienen sus facultades 
*Véase Conducción del Niño,
411-441.
morales bien desarrolladas, quienes, por su asociación con niños que  practican la masturbación, se inician en ese vicio. El efecto
sobre ellos frecuentemente los vuelve melancólicos, irritables y
celosos; pero pueden no perder el respeto por la adoración religiosa y
pueden no mostrar incredulidad especial con respecto a las cosas
religiosas.
A veces sufrirán agudamente sentimientos de remordimiento y se sentirán degradados ante sus propios ojos y perderán su respeto propio.—Testimonies for the
Church 2:392 (1870).
No destruya la autoestima ajena
Cuando el que ha cometido una falta se da cuenta de su error, traten de no destruir su autoestima. No lo desalienten con la
indiferencia o desconfianza de ustedes. No digan: “Antes de depositar en él mi confianza, voy a esperar para ver si permanece firme”.
Muchas veces es precisamente esta desconfianza la que hace tropezar al
tentado.—El Ministerio de
Curación, 125 (1905).
El sostenerse a sí mismo en lo económico aumenta el respeto propio
A los que se esfuerzan por reformarse se les debe mantener ocupados. A nadie capaz de trabajar se le debe enseñar a esperar que recibirá comida, ropa y vivienda de balde. Por su propio bien, como por el de los demás, hay que idear algún medio que le permita devolver el equivalente de lo que recibe. Aliéntese todo esfuerzo hacia el sostenimiento propio, que fortalecerá el sentimiento de
la dignidad personal y una noble independencia. Además, la ocupación de la mente y el cuerpo en algún trabajo útil es una salvaguardia esencial contra la tentación.—El Ministerio de Curación, 132 (1905).
Ser propietarios ayuda a los pobres a mejorar su autoestima
El saberse propietarios de sus propias casas les inspiraría un fuerte deseo de mejoría. No tardarían en adquirir capacidad para hacer planes por su cuenta; inculcarían a sus hijos hábitos de
laboriosidad y economía y sus intelectos serían fortalecidos. Se sentirían hombres, no esclavos, y podrían recuperar el respeto propio y la
independencia moral.—El hogar adventista, 338 (1894).
El cultivo de sí mismo y de la dignidad
Es importante que los ministros de Cristo vean la necesidad de educarse a sí mismos a fin
de adornar su profesión y mantener una dignidad apropiada. Sin la capacitación de la mente ciertamente fracasarán en todo lo que emprendan.—Testimonies for the Church 2:500, 501 (1870).
Cuidado con la compasión propia
Necesitamos desconfiar de la compasión propia. Jamás os permitáis sentir que no se os aprecia debidamente ni se tienen en cuenta vuestros esfuerzos, o que vuestro trabajo es demasiado difícil.
Toda murmuración sea acallada por el recuerdo de lo que Cristo sufrió por nosotros. Recibimos mejor trato que el que recibió nuestro
Señor.
“¿Y tú buscas para ti grandezas? ¡No las busques!” Jeremías
45:5.—El Ministerio de Curación, 378 (1905).
Cristo restaura la autoestima
No debe ser difícil recordar que el Señor desea que usted deposite sus problemas y perplejidades a sus pies, y que los deje allí.
Vaya a él, diciendo: “Señor, mis cargas son demasiado pesadas. ¿Quieres llevarlas en mi lugar?” Y el contestará: “Yo las llevaré. “Con
misericordia eterna tendré compasión de ti”. Llevaré tus pecados y te daré
paz. No sigas menospreciándote, porque te he comprado con mi
propia sangre. Eres mío. Fortaleceré tu voluntad debilitada. Yo quitaré tu remordimiento por el pecado”.—Carta 2, 1914; Testimonios para los Ministros, 519, 520.
Consejo a uno que había perdido la autoestima
Jesús lo ama, y me ha dado un mensaje para usted. Su gran corazón de infinita ternura suspira por usted. Le envía el mensaje de que puede recuperarse de la trampa del enemigo. Puede recobrar su respeto propio. Puede llegar al punto de considerarse no como un fracasado sino como un vencedor por medio de la influencia elevadora del Espíritu de Dios y gracias a ella. Aférrese de la
mano de Cristo y no la suelte.—Medical Ministry, 43 (1903).
Cultive la autoestima
No es la voluntad de su Padre celestial que continuamente estén bajo tribulación y tinieblas. Debieran cultivar la autoestima,
viviendo de tal modo que sean aprobados por su propia conciencia, y delante de los hombres y los ángeles […]. Tienen el privilegio de ir a
Jesús y de ser limpiados, y de estar delante de la ley sin vergüenza y remordimiento. “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al espíritu”. Romanos 8:1.
Aunque no debemos pensar en nosotros mismos más de lo debido, la Palabra de Dios no condena un debido respeto propio. Como hijos e hijas de Dios, debiéramos
tener una consciente dignidad de carácter, en la cual el orgullo y
la importancia de sí mismos no tienen parte.—The Review and Herald,
27 de
marzo de 1888; Nuestra Elavada
Vocacion, 145.
Extraído del libro Mente, caracter y personalidad 1 de Elena G. de White
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