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El Mensaje de 1888, el Mensaje de la Justificación por la Fe – Libro

“En su gran misericordia el Señor envió un preciosísimo mensaje a su pueblo por medio de los pastores Waggoner y Jones. Este mensaje tenía que presentar en forma más destacada ante el mundo al sublime Salvador, el sacrificio por los pecados del mundo entero. Presentaba la justificación por la fe en el Garante; invitaba a la gente a recibir la justicia de Cristo, que se manifiesta en la obediencia a todos los mandamientos de Dios… Es el mensaje del tercer ángel, que ha de ser proclamado en alta voz y acompañado por el abundante derramamiento de su Espíritu” (1895, Testimonios para los Ministros, p. 91 y 92).

El lector encontrará aquí las buenas nuevas, la esperanza y el ánimo que prepararán a la última generación para ser “santos” que “guardan los mandamientos de Dios, y la fe de Jesús” (Apoc. 14:12). El libro expone asimismo el supremo “oficio” de Cristo: ¡el de Salvador! Su gracia preservará a los mortales de responder a las presiones del pecado, tanto internas como externas. El autor demuestra que el mensaje de 1888 no fue, ni es, una simple “doctrina”, sino más bien una experiencia viviente, con trascendencia vital en el mundo de iniquidad y corrupción de hoy.

Introducción al Mensaje de 1888 (R.J. Wieland)

  • Sobre el autor
  • Prefacio
  • Al lector
  • 1. ¡Tiene que haber una explicación!
  • 2. El seguro derramamiento del Espíritu Santo
  • 3. Cristo, el centro del mensaje de 1888
  • 4. Cristo, tentado como nosotros
  • 5. E. White apoya el mensaje de Waggoner y Jones
  • 6. La suerte de los mensajeros no invalida el mensaje
  • 7. La justificación por la fe, en el mensaje de 1888
  • 8. ¿Se puede vivir sin pecar?
  • 9. ¿Por qué es fácil salvarse y difícil perderse?
  • 10. La purificación del santuario y el mensaje de 1888
  • Guía abreviada del mensaje

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Mi oración es que la respuesta del corazón del lector al mensaje, sea la que tuvo E. White cuando lo oyó personalmente por primera vez, en el congreso de Minneapolis: “cada fibra de mi corazón dijo Amén” (Manuscrito 5, 1889). ¡Esa fue también mi respuesta desde que lo oí por vez primera!

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