TEXTO: «Y mientras ellas iban a comprar, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta.» (Mateo 25:10)

I. La Línea Decisiva
Si hay un punto en la experiencia del cristiano de importancia suprema, un momento que debería contemplar con el más profundo interés, es esa línea oculta que marca el límite de su tiempo de prueba, ese momento que decide su destino eterno.
«Hay un tiempo —no sabemos cuándo—; Un punto —no sabemos dónde—;
Que marca el destino de los hombres, Para la gloria o la desesperación.»
Tal momento se presenta a la vista en el texto. Una cierta clase allí representada como preparada, entra con el esposo en un momento determinado, a lo que se llama la boda; y luego la puerta se cierra; y después, cuando otra clase viene y busca admisión, no la encuentra.
¿Es posible para nosotros comprender nuestra relación con este momento decisivo, y saber cuándo nos estamos acercando a él?
Tal es la luz que esta parábola de las diez vírgenes arroja sobre nuestra posición actual, tal la importante lección que creemos que el Señor diseñó a través de ella para grabarnos. ¿Caminaremos en la luz y nos beneficiaremos de la lección? ¡Oh, estar «preparado»! De esta condición todo depende; y no sabemos cuándo pasará la prueba sobre nosotros.
«¡Oh! ¿dónde está este misterioso límite
Por el cual cada sendero es cruzado; Más allá del cual Dios mismo ha jurado Que quien va se pierde?»
El hombre en la parábola de Mateo 22, que fue hallado al ser examinado sin el vestido de boda, cuando se le preguntó por qué estaba en esa condición, no tuvo nada que decir; estaba «sin habla». Y si cuando se toma la decisión de nuestros casos, somos hallados sin preparación, ¿cuál será nuestra excusa? El caso de este hombre se presenta para mostrarnos que no tendremos excusa.
- ¿No sabíamos que estábamos cerca del fin? —Sí.
- ¿No sabíamos que en la ilustración de la parábola estábamos en el solemne tiempo del examen de los invitados? —Sí.
- ¿No sabíamos que Cristo estaba a punto de dejar de interceder como Mediador entre Dios y los hombres en el santuario de arriba? —Sí.
- ¿No sabíamos que nuestros casos pronto deberían ser examinados y decididos? —Sí.
- ¿No se nos ofreció el vestido de boda —una túnica lavada y emblanquecida en la sangre del Cordero— sin dinero y sin precio? —Sí.
- ¿No nos advirtió el Testigo fiel y verdadero que no estábamos preparados, y nos instó con vehemencia a la necesidad de comprarle esta túnica? —Sí
Entonces, ¿por qué, se nos podría preguntar, si despreciando todo este conocimiento, nos negamos a prepararnos —por qué has entrado aquí sin vestido de boda? ¿Por qué permitiste llegar a esta hora decisiva sin preparación? ¿Qué tendríamos que decir? ¿Qué excusa podríamos dar? Cada alma bajo estas circunstancias ante ese tribunal quedará muda con un insoportable sentido de vergüenza y culpa.
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