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IDOLATRÍA POLÍTICA: Culto a los partidos, líderes e ideologías políticas

Una buena definición para la mentalidad de la sociedad moderna es lo que la Biblia llama idolatría, que los profetas describen mejor que nadie: hacer un dios a la medida, algo o alguien que construyo con mis pensamientos, obras y palabras, que adoro incondicionalmente y doy un valor absoluto.

Cuando leemos el Antiguo Testamento, y nos damos cuenta de la infidelidad que marcó la historia de los reinos de Judá e Israel, comenzamos a preguntarnos cómo este pueblo pudo abandonar la ley, las señales maravillosas y las enseñanzas del Señor, y si felizmente prostituirse después detrás de otros dioses, período tras período, con raras excepciones.

Los libros históricos antiguos están llenos de líderes (patriarcas, jueces, reyes e incluso algunos profetas) que permitieron que su rebaño se extraviara tras deidades extranjeras como Baal y Astarte.

Elena G. de White informa: «Bajo la influencia agostadora del gobierno de Acab, Israel se alejó mucho del Dios vivo, y corrompió sus caminos delante de él. Durante muchos años, había estado perdiendo su sentido de reverencia y piadoso temor; y ahora parecía que no hubiese nadie capaz de exponer la vida en una oposición destacada a las blasfemias prevalecientes. La obscura sombra de la apostasía cubría todo el país. Por todas partes podían verse imágenes de Baal y Astarte» (Profetas y Reyes, p. 84).

Los cristianos del siglo XXI siempre hemos mirado con cierto desdén al pueblo bíblico de aquella época, considerándonos, por así decirlo, inmunes al paganismo ya la idolatría. Sin embargo, la realidad de la modernidad nos atrapó en pantalones cortos, y nos mostró -en nuestra niñez vanidosa- que la antigüedad no es nada diferente a la actualidad.

Elena de White observa: «Nos hemos apartado de Dios y no se ha realizado todavía la obra ferviente de arrepentimiento y recuperación de nuestro primer amor, indispensable para que volvamos a Dios y a fin de lograr la regeneración del corazón. La infidelidad se ha estado infiltrando en nuestras filas, pues está de moda apartarse de Cristo y dar lugar al escepticismo. Para muchos, el clamor de su corazón ha sido: “No queremos que éste reine sobre nosotros”. Baal, Baal, eso han elegido. La religión de muchos será la del apóstata Israel porque aman su propio camino y olvidan el camino del Señor.» (Testimonios para los ministros, p. 467).

La pandemia ha reforzado el comportamiento de muchos «evangélicos» que han preferido arrodillarse ante un poste de ídolos en nombre de la «ideolatría«, un culto a la ideología que -feliz y gozosamente- abrazan y defienden con uñas y dientes.

Un fanatismo sin precedentes ha invadido muchas denominaciones que se autodenominan “cristianas”, ya que ya no pueden llamarse “iglesias” pues funcionan como comités electorales y partidos políticos. Todo ello aceptado con la más absoluta normalidad.

Elena de White advierte:

«El Señor quiere que su pueblo entierre las cuestiones políticas. Acerca de estos temas, el silencio es elocuencia. Dios pide a sus seguidores que se unan en los puros principios del Evangelio que están claramente revelados en la Palabra de Dios. No podemos votar sin peligro por los partidos políticos; porque no sabemos para quiénes votamos. No podemos, sin riesgo, tomar parte en plan político alguno.» (Consejos para la Iglesia, pág. 575)

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«Los que son verdaderamente cristianos serán sarmientos de la vid verdadera y llevarán el mismo fruto que la vid. Obrarán en armonía, en compañerismo cristiano. No llevarán distintivos políticos, sino el distintivo de Cristo.» (Consejos para la Iglesia, pág. 575)

«¿Qué hemos de hacer, pues? Dejar a un lado las cuestiones políticas»

(Consejos para la Iglesia, pág. 575)

La iglesia, como institución, no debe involucrarse en política, cuando lo hace, ella y sus líderes se vuelven vulnerables a todas las contingencias del mundo político. Sirve también como advertencia de los peligros de liquidar a los políticos que se creen salvadores de la patria. Hay líderes y miembros de la iglesia con una expectativa ‘mesiánica’ de que cierto político automáticamente canalizará las bendiciones de Dios sobre su país, resolviendo todos los problemas que nos aquejan. Este mesianismo es muy peligroso, para el país y para la iglesia.

El resultado de la idolatría política para la teología cristiana bíblica es catastrófico. No sólo se quita a Cristo de su trono en el corazón del creyente, sino que se utiliza la Biblia y el cristianismo como meros objetos útiles para la lucha política. Del mismo modo, políticos e ideólogos acosados ​​por la idolatría de sus seguidores comienzan a utilizar la Biblia y el cristianismo como meros objetos útiles para mantenerse en la posición de profetas divinos o incluso de Mesías.

No hay nada de malo en defender una posición política y saber lo que está pasando en el escenario actual. Pero el cristiano debe cuidar, sobre todo, los principios bíblicos. Hacer de las ideologías, movimientos, partidos, políticos e ideólogos elementos de un evangelio terrenal no es más que idolatría. Y utilizar la Biblia para defender cualquier tipo de mesianismo político es una clara afrenta a Cristo.

Elena G. de White aconseja: «El pueblo de Dios no debe tener conexión con la idolatría en ninguna de sus formas. Debe alcanzar un nivel más alto. ¿Por qué se le da tanta atención a los agentes humanos mientras que se hace tan poco esfuerzo al Dios eterno? ¿Por qué están tan absortos en las cosas de este mundo los que dicen ser hijos del Rey celestial?, ¡Exaltado sea el Señor!, ¡Engrandecida la Palabra del Señor! Acordaos que los reinos, las naciones, los reyes, los estadistas, los consejeros y los grandes ejércitos terrenales, y toda la magnificencia y gloria mundana, son como el polvo de la balanza. Dios tiene cuentas con todas las naciones. Todo reino debe ser derribado. La autoridad humana debe convertirse en nada. Cristo es el Rey del mundo, y su reino debe ser exaltado» (Fundamentos da Educação Cristã, pp. 481-48).

Cuando Dios nos libere de las idolatrías de un proyecto político, de una ideología, de un líder, o de la idolatría de nosotros mismos, podremos renovar la esperanza de dialogar y actuar mejor en medio de nuestras diferencias.

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