El Élder E. J. Waggoner nos presenta un estudio profundo de la Carta a los Romanos a través de dieciséis lecciones, y honestamente, hay una verdad que traverse todo el libro como un hilo dorado: la justicia que viene por la fe.

Esta es la idea que Pablo repite una y otra vez. «El evangelio trae justicia. La justicia de Dios es lo que Dios hace; es su camino,» nos explica el autor. Y lo más importante no es complicado: «el justo por la fe vivirá.» Punto.
No es fe más obras, no son remedios a medias. Es fe. Así de simple, aunque la gente constantemente quiera añadir sus propias cosas. Pero la Biblia lo deja claro: «No añadas a sus palabras, no sea que te reprenda y seas hallado mentiroso.»
Lo fascinante es que ni siquiera el apóstol Pablo, «un hombre mejor que la mayoría,» creía poder salvarse con sus propias obras. Tuvo que «contar todo lo que tenía como pérdida» para ganar a Cristo. Eso te dice algo. Si alguien como Pablo no podía hacerlo solo, ¿cómo creemos que podemos hacerlo nosotros?
«No hay un hombre en la tierra que por sí mismo pueda realizar una acción tan pura y libre de egoísmo como si Cristo la hubiera hecho.» Todo lo que hacemos sin fe es, en última instancia, pecado. Así de serio es esto.
Entonces, ¿cuál es el fundamento real de la justicia? Que «todos han pecado y están destituidos de la gloria de Dios.» Nadie escapa, todos estamos en la misma situación. «Todos los hombres se encuentran en el mismo nivel, y la oferta de misericordia es para todo aquel que quiera venir y participar libremente del agua de la vida.» Es sorprendente pensar en eso: nadie tiene ventaja sobre nadie.
Y aquí viene la buena noticia: «Somos justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.» Eso es redención, literalmente «volver a comprar.» «La justicia es un don infinito, y comprada con un precio infinito.» No es algo que ganamos. Es un regalo que Cristo ya pagó con su sangre. Nosotros simplemente lo recibimos.
Al final, Waggoner aclara algo que muchos malentienden: «¿Luego invalidamos la ley por la fe? ¡En ninguna manera! Más bien, confirmamos la ley.» La fe no borra la ley. Al contrario, la confirma, porque la ley solo funciona como debe funcionar cuando Cristo está en el centro.
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