Diezmar es un acto de adoración. Es, sin duda, la forma que Dios proveyó para que todo el mundo conociese al Dios Creador, pero, sobre todo, representa un acto de adoración.
El diezmo fue establecido por Dios para que fuese una bendición al hombre. Es un contrato que Dios hace con el hombre. Es Dios quien da forma al contrato y el gran favorecido es el hombre. Entramos con el 10 % y Él con la responsabilidad de bendecir. Es como si dijese: «Yo doy el 100 % y ustedes me devuelven el 10 %». Dios caracteriza el diezmo de la siguiente manera:
«Y santos son para el Señor» (Lev. 27:30).
¿Qué significa «santo»? Separado. Entonces, si Dios lo separó, lo hizo por un motivo muy especial, y debe ser tratado como Él ordenó. No estamos incluyendo aquí a aquellos para quienes los diezmos fueron direccionados.

No Tocar Lo Que Es Consagrado a Dios
Veamos: Josué decidió atacar la ciudad de Hai inmediatamente después de la victoria dada por Dios: la caída de Jericó. Espías fueron enviados a aquel lugar y volvieron con la información de que una pequeña fuerza era suficiente para derrotar la ciudad.
Cuando pusieron el plan en acción, solamente tres mil hombres fueron enviados, pero estos huyeron delante de los moradores de Hai. Josué rasgó sus vestidos, se postró en tierra sobre su rostro delante del arca del Señor hasta la tarde y oró:
«¡Ah, Señor Dios! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en manos de los amorreos, para que perezcamos?… ¡Ah, Señor! ¿Qué diré?…» (Josué 7:7, 8). La respuesta de Dios fue inmediata:
«Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro?» (Josué 7:10). «No estaré más con vosotros si no elimináis de entre vosotros las cosas condenadas» (versículo 12).
En los versículos siguientes a estos, cuando leemos la confesión de Acán, vemos que tomó y escondió tres cosas: un manto babilónico, doscientos siclos de plata y una barra de oro del peso de cincuenta siclos.
El manto babilónico formaba parte de las cosas que debían ser quemadas. La plata y el oro no debían ser quemados, sino traídos a la casa del tesoro, pues eran consagrados al Señor.
Las cosas que Acán tomó se convirtieron en maldición para sí, para su familia y para los hijos de Israel.
Aquello que es consagrado a Dios, si es codiciado y retenido por nosotros, se convertirá en maldición para nosotros, para nuestra familia y, hasta, para nuestra iglesia.
Podemos entender, por este contexto, por qué muchos cristianos están trayendo maldición sobre sí mismos, sobre sus familias y sobre la iglesia. Aquel que retiene el diezmo para sí está practicando la obra de Acán, pues está tomando de aquello que Dios consagró y ordenó que fuese llevado a la casa del tesoro.
¿Robará el Hombre a Dios?
¿Está Dios presente cuando nosotros tomamos del dinero reservado al diezmo? «…todas las cosas están desnudas y patentes a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta» (Hebreos 4:13). ¿Permitió Él que lo tomásemos?
No podemos hacer uso de aquello que Dios reservó para Sí. Pero, si lo hacemos, ¿cuál será la consecuencia? Maldición: «Con maldición sois maldecidos» (Malaquías 3:9).
Una de las maldiciones que Dios enviaría a los que no obedecieran Sus estatutos está descrita en Deuteronomio 28:38:
«Sacarás mucha semilla al campo, pero recogerás poco, porque la langosta la consumirá».
Esta maldición afectará principalmente el área financiera, porque, si la langosta va a consumir la plantación, no habrá cosecha.
Puede que no tengas una plantación, pero tienes un campo donde gastas tu tiempo y tus energías sembrando para ganar el pan de cada día.
¿Ya identificaste alguna langosta en tu plantación? ¿Una enfermedad, un perjuicio financiero, pérdida de empleo, etc.?
¿Castigo de Dios? No. La consecuencia natural de la desobediencia es perder la bendición.
¿Para Qué Sirve el Diezmo?
Existen también aquellos hermanos que distribuyen su diezmo en la propia iglesia. Teniendo conocimiento de alguna área o ministerio que está en dificultad, entienden que su diezmo puede minimizar el problema.
Sin embargo, esas necesidades deberían ser atendidas con ofrendas voluntarias y no con el diezmo. Esta forma de emplear el diezmo significa tomar de aquello que no les pertenece.
«Para que haya alimento en Mi casa», dice el versículo 10 del capítulo 3 de ese mismo libro. ¿Cómo habrá alimento si lo que traemos es dinero?
El diezmo que entregamos se transforma en alimento, ropa, calzado, etc. ¿Para dar a los pobres? No, para sostener a los predicadores del evangelio.
El dinero que traemos se usa para pagar alquiler, agua, luz, teléfono y otros gastos. ¿De los necesitados? No, de los obreros que predican el evangelio.
El diezmo que traemos a la casa de Dios se transforma en sustento: aquellos que son sostenidos por él se alimentan de la Palabra para alimentar al rebaño.
Probar a Dios
¿Podemos poner al Señor a prueba? Sí. Él mismo se pone a disposición para ser probado y además pone Su firma: Señor de los Ejércitos.
«Probadme ahora en esto». ¿Acaso Dios pone Su Nombre en algo que no puede cumplir? En inglés, el texto de Malaquías 3:10 dice que no tendremos lugar o espacio suficiente para recibir las bendiciones que Dios va a derramar.
En el versículo 11 del mismo capítulo encontramos lo siguiente: «Por amor a vosotros reprenderé al devorador».
¿Qué son los devoradores? Aquellos que viven en el campo y trabajan en la labranza conocen bien a los devoradores.
El profeta Joel advierte al pueblo sobre la situación de la nación a causa de los devoradores. Estos son identificados por langostas y por la sequía.
Para aquellos que viven en la ciudad, otros son los devoradores: perjuicios financieros, pérdida de empleo, enfermedades, y otros tantos.
Aprendemos en las Escrituras que Dios da autoridad contra el demonio. Estamos aprendiendo, aquí, que es Dios quien reprende al devorador.
Pero a través del diezmo, indirectamente, nosotros también podremos reprender.
Quién Debe Administrar el Diezmo
Otra cuestión que debe ser bien entendida es la de la administración del diezmo.
Si alguien piensa que su diezmo está siendo mal aplicado, y, por eso, tiene dudas en cuanto a entregarlo o no, debe entender que el juicio divino tiene su base en la sinceridad de aquel que da y no en los resultados de la aplicación cuando ya está en manos de los administradores.
«Aquellos que con espíritu de sacrificio y consagración devuelven a Dios las cosas que le pertenecen, como de ellos es requerido, serán recompensados de acuerdo con sus obras.
Aunque los medios así consagrados sean mal empleados, de modo que no alcancen el objetivo del dador – la gloria de Dios y la salvación de las almas – aquellos que hicieron el sacrificio con sinceridad de alma, buscando únicamente la gloria de Dios, no perderán su recompensa» (Mayordomía y Prosperidad, pág. 179).
¿No percibís que estáis obrando mal, bajo cualquier circunstancia, al retener vuestros diezmos y ofrendas por no concordar con todo lo que vuestros hermanos hacen? Es posible que pastores indignos estén recibiendo de los medios así levantados; pero, ¿tendría alguien valor, por esa razón, de apoderarse ilícitamente de los tesoros de Dios, haciendo recaer sobre sí la maldición del Señor? Yo no tendría valor…» (Existing Evils and Their Remedy, 1890)
La iglesia está en terrible apostasía. ¿Crees que Dios quiere que tu diezmo sostenga o mantenga la apostasía?
Voces se han levantado aquí y allá para sostener la idea de que el diezmo no está en vigor y que esta práctica era una obligación solo para el pueblo de Israel.
Si no devuelves el diezmo porque piensas que la iglesia, como organismo, no está haciendo lo mejor, sabe una cosa:
La única ofrenda que Jesús recomendó mientras estuvo en la Tierra fue la ofrenda de la viuda pobre, que dio todo lo que tenía. La viuda estaba dando su ofrenda para una iglesia corrupta. Era la iglesia que Jesús frecuentaba. Esta iglesia se estaba preparando para matar al Hijo de Dios. Aquella viuda trajo su ofrenda como acto de adoración y fue señalada por el Maestro como la mejor ofrenda, porque Él entiende el motivo.
¡Dios No Necesita Dinero!
Conforme al capítulo 50 del libro de Salmos, Él es dueño de todas las cosas.
La iglesia necesita dinero, pero no tanto como las personas necesitan bendiciones.
Con el diezmo mostramos a Dios que confiamos en Su bondad, creemos en Su palabra y aceptamos Su autoridad; y, además, demostramos quién tiene el primer lugar en nuestra vida.
Escrito por Valter Dobelin en el libro Meu DEUS, meu dinheiro e eu
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