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El Pacto Eterno de Dios es una Promesa, No un contrato y esto lo cambia TODO!

Se propone una interesante analogía. Uno que no sabe nadar cae en aguas profundas y tempestuosas. Desde la cubierta alguien quiere echarle un salvavidas. Imagina que fueses tú quien estuviera en la cubierta, y tu hijo quien se estuviera ahogando: ¿Le exigirías que prometiera algo antes de echarle el salvavidas? Le insistirías en que “tiene que aceptar su parte en el trato”? Cristo no nos lo preguntó, sino que

“aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo; por gracia sois salvos” (Efe 2:5).

No hay duda de que hemos de aferrarnos al salvavidas, pero la motivación es la gratitud por lo que se nos ha dado ya, y nunca lo que vamos a obtener con promesa alguna de nuestra parte.

Un “Salvador” impasible [que no se perturba] en cubierta, echando el salvavidas a quienes son dignos de él, es el “Cristo” católico-romano que no desciende a tomar nuestra naturaleza caída, pecaminosa, no fuese a luchar él también en el océano del pecado. Pero el Cristo verdadero, para salvarte a ti y a mí, pisó solo el lagar y recorrió el valle de sombra de muerte. No estuvo en la cubierta observando a los que se ahogaban, sino en el agua con ellos, salvándolos desde allí. Por eso nos puede decir: “¡Sígueme!” (y recordemos que todas sus órdenes son promesas), o bien “Anda delante de mí, y sé perfecto” (Gén 17:1).

Gracias a Dios porque nuestra salvación está basada en la sólida Roca de su gracia, y no en nuestra arenosa suficiencia.

El tema de estudio para hoy es el viejo pacto y el nuevo pacto. Existe gran confusión en torno al viejo y el nuevo pacto. Necesitamos comprender ciertos aspectos básicos a fin de tener una visión más clara del plan de Dios de la salvación.

Muchos confunden el significado del término “pacto”, creyendo que es lo mismo que un “contrato” o convenio. Cuando un ser humano entra en un convenio o contrato con alguien, es para beneficio de ambas partes. “Si haces esto, yo haré aquello otro”. Es algo negociado y orientado hacia la ganancia de alguna cosa. Queremos algo que la otra parte posee y sentimos que tenemos  algo que podemos ofrecer a cambio. Es un concepto centrado en el yo: ¿qué puedo obtener de ese negocio?, ¿qué hay de bueno para mí?

Una vez que las dos partes se han puesto de acuerdo en los términos, se firma el contrato y se valida legalmente por parte de ambos. Cada uno de ellos debe cumplir su parte en el contrato, o de lo contrario se aplica algún tipo de penalización estipulada en el acuerdo. Se trata, por lo tanto, de un asunto mutuo. Pero ¿acaso estamos en igualdad con Dios? ¿Podemos hacer acuerdos mutuos con él, como con un igual?

“La intención de la carne es enemistad contra Dios”; “No hay justo, ni aun uno” (Rom 8:7; 3:10).

Dios es justo; nosotros injustos. Dios es santo y divino; nosotros, carnales y desprovistos de santidad.

¿Dónde podemos encontrar una base de igualdad desde la que podamos hacer tratos con Dios? ¿Qué poseemos que nos permita negociar, cuando acudimos a él para hacer un trato? Sólo nuestros “trapos de inmundicia”, nuestros pecados, nuestras “obras de la carne”. Por nosotros mismos no podemos obedecer ni a uno sólo de sus mandamientos, puesto que la mente carnal nos impedirá obedecer la ley de Dios (Rom8:8).

No podemos hacer contratos con Dios, dado que no tenemos nada que llevar a la mesa de negociaciones excepto nuestro yo pecaminoso, que carece de cualquier valor.

El pacto eterno como una promesa

En contraste con esa idea, un pacto puede ser apropiadamente definido en términos de promesa o testamento. Está orientado hacia una “persona”. Es algo que Alguien hace, en favor de alguien. Siempre se hace en la dirección del poderoso al débil, del rico al pobre. Entendido así implica lealtad, cuidado y preocupación hacia aquel a quien se hace la promesa.

Eso está claramente ilustrado en Génesis 15. El pacto que Dios hizo con Abraham era de carácter unilateral. Dios prometió dar a Abraham un hijo que nacería de su esposa Sara, siendo que ambos, Abraham y Sara, habían pasado de la edad fértil. Nada había que Abraham o Sara pudieran hacer para cumplir esa promesa en sus vidas, excepto creer que Dios era poderoso para realizar lo que les había prometido. La fe de Abraham en la promesa de Dios, “Amén” en hebreo, es todo cuanto pudo decir. Vers. 6. Esa es la respuesta perfecta al “nuevo pacto”

Una ilustración bíblica

Pablo nos ofrece una excelente ilustración de los dos pactos.

“Está escrito que Abraham tuvo dos hijos: uno de la esclava y el otro de la libre. El de la esclava nació según la carne; pero el de la libre, en virtud de la promesa. Lo cual es una alegoría, pues estas mujeres son los dos pactos” (Gál 4:22-24).

Pablo explica en qué consisten ambos pactos, mediante la ilustración de las dos mujeres: Sara y Agar. Agar era una esclava egipcia, sierva de Sara. Los hijos de una mujer esclava son  esclavos  aunque  el  padre  sea libre.  Agar sólo  podía dar a  luz hijos  sujetos  a esclavitud. La Escritura nos dice que

“No son hijos de Dios los hijos según la carne, sino que son contados como descendencia los hijos según la promesa” (Rom 9:8).

“Hoy existen esos dos pactos. No son cuestión de tiempo, sino de condición. Que nadie se jacte de su imposibilidad de estar bajo el antiguo pacto confiando en que se pasó el tiempo de este”

(E.J. Waggoner, Las buenas nuevas, Gálatas versículo a versículo, 122-123).

Por tanto tiempo como intentemos por nosotros mismos, en nuestra propia fuerza, cumplir esas promesas que Dios nos ha hecho, estamos bajo el viejo pacto.

Es sólo creyendo plenamente en Dios, como quedamos en libertad para vivir bajo el nuevo pacto.

De acuerdo con Gálatas capítulo 4, estas dos mujeres Agar y Sara son una alegoría de los dos pactos. Agar representa al Sinaí y Sara representa el pacto que se operó, no en el monte Sinaí, sino en el monte Sión en el trono de Dios, en la Jerusalén Celestial

Si Agar es un símbolo o alegoría del pacto del Sinaí entonces quiero decirte algo con absoluta claridad: El pacto antiguo no solamente se evidenció en el Sinaí, el pacto antiguo ya existía desde el momento en que Abraham quiso carnalmente forzar el cumplimiento de la palabra de Dios y traer un hijo por voluntad de carne y de sangre; por si Dios no cumplía su promesa y asegurar descendencia, en caso de que Dios no fuese fiel.

Esto quiere decir que el pacto antiguo es una forma de acercarse a Dios por medio de la carne para intentar cumplir por nosotros mismos las promesas de Dios sin creer que dios es fiel.

Una cosa más: el pacto antiguo no existe solamente desde Abraham. El pacto antiguo está vigente y existe desde el mismo instante en que Adán y Eva, después de la transgresión ante la promesa de Dios de darles un redentor y después de ser vestidos de túnicas de pieles representando el perdón y la justicia de Cristo,  Adán y Eva prometieron obediencia a Dios para que Dios no los expulsara del jardín del edén

Desde el mismo instante en que Adán y Eva le prometieron a Dios obediencia: “señor no nos saques del jardín no nos expulse del jardín queremos vivir en este paraíso para siempre, nosotros te vamos a obedecer de ahora en adelante” desde ese instante en la humanidad existe el pacto antiguo.

¿Por qué el pacto en Sinaí?

¿Por qué, entonces, se hizo aquel pacto? –Por la misma razón por la que se promulgó la ley en Sinaí: “A causa de las transgresiones” (Gál 3:19). El Señor declara: “No permanecieron en mi pacto”. Habían tomado a la ligera el “pacto eterno” que Dios hizo con Abraham; por lo tanto, Dios hizo este otro con ellos a modo de testimonio en su contra.

Ese “pacto eterno” que Dios hizo con Abraham era un pacto de fe. Era eterno, por lo tanto, la proclamación de la ley no podía abrogarlo. La ley nada podía añadirle. Ley estaba ya contenida en las promesas. El pacto de Dios con Abraham le aseguraba a él y a su descendencia la justicia de la ley por la fe. No por obras, sino por la fe. El pacto con Abraham era tan amplio en su alcance, que abarcaba a todas las naciones, a “todas las familias de la tierra” (Gén 12:3).

Se trataba de un pacto íntegramente de fe, y es por ello que nos asegura la salvación, “porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe” (Efe 2:8-9). La historia de Abraham enfatiza el hecho de que la salvación viene enteramente de Dios y no del poder del hombre. “De Dios es el poder” (Sal 62:11); y el evangelio “es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree” (Rom 1:16).

Preguntas para reflexionar

  • ¿Nuestra salvación se base en la fe o en las obras?
  • ¿Nuestra salvación se basa en cumplir la ley por nosotros mismos o en permitir que Dios la cumpla en nosotros?
  • ¿Nuestra salvación se basa en realizar una serie de esfuerzos humanos para agradar a Dios o en aceptar con confianza la promesa de salvación?
  • ¿Vamos a forzar humanamente el cumplimiento de la promesa de Dios en nosotros o vamos a permitir que sea Dios quien la cumpla?
  • ¿Seguiremos intentando guardar la ley para salvarnos o permitiremos  que Dios nos salve y nos haga guardadores de la ley?
  • Y para quienes aun no son cristianos ¿Van a esperar mejorar por ustedes mismos o van a creer que Dios puede obrar un milagro y transformar sus vidas?
  • Si el evangelio eterno no se basa en esforzarme por prometerle a Dios y cumplirle lo que no puedo. Sino en creer, confiar y elegir cada día por Dios, esperando pacientemente que el cumpla el milagro de su promesa para transformar nuestra vida. Entonces, ¿Qué es lo difícil o duro y forzoso que impide entregar mi vida a Dios, si Dios es quien hace toda la obra en mi? Tan solo tengo que permitirlo.

¿Cuándo comenzó el viejo y nuevo pacto?

El nuevo pacto ha estado entre nosotros desde el Edén. Dios prometió a la pareja, caída que pondría enemistad entre ellos y la serpiente que los había inducido al pecado (Gén 3:15). El nuevo pacto y el pacto eterno son una y la misma cosa. Ha consistido siempre en la promesa de Dios de salvarnos sin obra alguna de nuestra parte.

El pacto nuevo o eterno fue instituido antes que el viejo. ¿Por qué se le llama “viejo” o “antiguo” pacto? Debido a su caducidad. En contraste, el nuevo pacto es el pacto eterno. “Nuevo” tiene en el original el significado de “renovado”.

¿Cuándo comenzó el viejo pacto? En las mismas puertas del Edén. El “viejo pacto” ha existido en el corazón del hombre desde que entró el pecado. Existió mucho antes de que se promulgaran las leyes ceremoniales en el Sinaí. No tiene nada que ver con el “tiempo”, y lo tiene todo que ver con la condición de nuestro corazón, con nuestro esfuerzo por salvarnos a nosotros.

 ¿Qué lugar tienen la fe y las obras en en el pacto eterno?”

La respuesta es: La fe cree, RECIBIENDO así la promesa; las obras vienen entonces a ser el producto de la fe. Por cierto: no hay “parte humana” en su pacto. Es el pacto de la gracia (no hay “parte humana” en la gracia) y Dios lo llama siempre “MI pacto”. Hasta la propia fe es un don de Dios.

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¿Qué dice la Escritura? ¿Es el “mensaje del tercer ángel en verdad” la salvación de Dios por la fe, o bien es en parte por nuestras propias obras? Ese asunto causa perplejidad a muchos creyentes sinceros. ¿Cómo podemos exaltar la maravillosa gracia sin merma de la obediencia a la ley que sabemos santa, justa, buena y vigente?

Si el evangelio consiste en una serie de reglas, tal como creían los maestros de la ley de antaño, “obedecer al evangelio” consiste en “hacer”. Pero si el evangelio es la promesa de Dios, entonces “obedecer el evangelio” sólo puede tener un significado: reconocer que no somos nada, que no tenemos nada, y que Dios nos lo ha dado todo en Cristo, incluyendo la justicia de la ley puesta en nuestro corazón al 100% como un don.

“¿Qué haremos para que obremos las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Juan 6:28-29).

Para aquel que tiene la mentalidad del nuevo pacto, todos los mandatos de Dios son promesas de su parte, pues Dios sabe que no tenemos en nosotros mismos la fuerza para obedecerle. Como dijo Ellen White:

“Todos sus mandatos son habilitaciones” (PVGM, 268).

Cada uno de los diez mandamientos se convierte en diez maravillosas promesas a la luz del nuevo pacto. ¿Estamos menospreciando la obediencia a Dios? De ninguna manera. Afirmamos que todo cuanto podemos  hacer es, como Abraham: creer. Nuestra obediencia no es nuestra parte, sino su parte, la de Dios. La Biblia lo afirma así una vez tras otra: Isa 26:12; Eze 36:23-27; Jer 31:33; Juan 14:10 y 12; 1 Cor 12:6; 1 Tes 5:23-24; Heb 8:10; 10:16, etc.

Si pensamos que el pacto eterno son promesas mutuas entre Dios y nosotros, estamos convirtiendo el pacto eterno en el viejo pacto, por cuanto estamos procurando añadir nuestras obras al pacto de la gracia.

Nuestras obras no pueden ser nunca una parte de la gracia, sino la consecuencia de haberla recibido con provecho. La obediencia a la ley no puede ser nuestra parte en el pacto, puesto que es precisamente aquello que Dios nos promete en SU pacto: “Pondré mis leyes en sus corazones”.

Cuando es Dios quien hace la promesa, eso significa garantía de cumplimiento. Cuando es el hombre quien la hace, significa vana suficiencia propia. Toda obediencia de parte del hombre es el fruto natural del “oír de la fe” (Gál 3:2 y 5), no su parte en un “acuerdo mutuo” o contrato.

La Biblia nos habla consistentemente del pacto eterno, de “mi pacto” (de Dios). Nunca habla de ‘mis pactos’. Eso significa que el pacto anunciado a Adán y Eva, a Abraham, a Noé, a Moisés, a Jacob, etc, es en realidad uno y el mismo pacto.

“¿Qué condiciones y obligaciones” de parte de Noé permitirían que brillara el arco iris tras la lluvia? (Gén 9:917). ¡Ninguna! Dios hizo su pacto tan eterno e inmutable como las leyes que rigen el día y la noche (Jer 31:35-36; 33:20-22 y 25-26).

Lo que parecemos resistirnos a comprender es que el evangelio de Cristo “es [en sí mismo] el poder de Dios para salvación” (Rom 1:16). ¡Estamos más inclinados a creer que el poder está en la ley! Sin embargo, Dios lo ha puesto concretamente en el evangelio, en la palabra, en el mensaje mismo.

El “oír de la fe” permite que el corazón que cree reciba el poder de Dios. La propia Palabra contiene la “dinamita” que libera al corazón humano de la esclavitud al pecado. Cuando Dios declara su promesa del nuevo pacto, hay vida en su propia palabra.

Por increíble que pueda parecer, el plan de Dios es este: “Oír” con fe la proclamación de su promesa de justicia eterna nos hace “obedientes a todos los mandamientos de Dios” si no lo resistimos (El Camino a Cristo, 26-27).

“Ya vosotros sois limpios por la palabra que os he hablado” (Juan 15:3).

EL PACTO ETERNO NO PUEDE SER ANULADO

Creemos que Israel tenía que cumplir su parte del trato; si no, las promesas podrían anularse.

Dado que el pacto de Dios consiste precisamente en sus promesas (no en un trato), la única forma en que podría ser anulado es si Dios lo anulara. Pero él no sólo prometió, sino que juró por sí mismo; es decir, puso su existencia, su trono, por garantía de la vigencia de ese pacto o promesas.

Israel dejó de cumplir “su parte” (hablando de su pacto humano) continua y repetidamente. Sin embargo, y gracias a que Dios no cambia, sus promesas JAMÁS HAN SIDO ANULADAS. Siguen hoy en pie, gozando de tan buena salud como la del que las hizo. “Si fuéremos infieles, él permanece fiel: no se puede negar a sí mismo” (2 Tim 2:13).

Podemos rechazar personalmente la bendición, dejando de recibirla, pero no podemos anular su pacto, que consiste en su promesa.

“Dios, que no puede mentir, prometió antes de los tiempos de los siglos” (Tito 1:2).

Es el pacto de obras -el antiguo pacto- el que puede ser fácilmente anulado. El pacto o acuerdo mutuo que el hombre quiso hacer con Dios al pie del Sinaí quedó anulado a las pocas semanas. El hombre había prometido:

“Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos” (Éxodo 24:7).

Como escribió Ellen White en Patriarcas y Profetas, 388-389:

“No percibían la pecaminosidad de su propio corazón, y no comprendían que sin Cristo les era imposible guardar la ley de Dios; y con excesiva premura concertaron SU pacto con Dios. Creyéndose capaces de ser justos por sí mismos, declararon: ‘Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho y obedeceremos’ (Éxodo 24:7)… unas pocas semanas después, quebrantaron SU pacto con Dios al postrarse a adorar una imagen fundida. No podían esperar el favor de Dios por medio de un pacto que ya habían roto… Los términos del pacto antiguo eran: Obedece y vivirás”.

La esencia del antiguo pacto es pensar que nuestra obediencia es la respuesta al pacto de Dios. NO es así. “Nuestra” obediencia no es nuestra, sino la SUYA (1 Cor 12:6; Isa 26:12; Heb 13:21), la de Cristo habitando en nosotros por la fe. No es lo que nosotros hacemos, sino lo que ÉL HACE en nosotros. Son las buenas obras que él preparó de antemano para que anduviésemos en ellas (Efe 2:10). “Pondré mis leyes en vuestros corazones…”

“Encomienda a Jehová tu camino, confía en él y ÉL HARÁ” (Sal 37:5).

En  el nuevo pacto,  nuestra  obediencia no es  la  premisa, no  es la  condición, sino precisamente el resultado: lo que Dios nos promete. Nuestra “parte” es recibir a Cristo, es mirar a él y vivir, “si oyeres” (Deut 28:1), “y si con esto no me oyereis” (Lev 26:27), “pero no oyeron, ni inclinaron su oído” (Jer 11:8).

  • “La obra del pecador no es hacer paz con Dios sino aceptar a Cristo como a su paz y justicia. Así el hombre se convierte en uno con Cristo y con Dios” (AFC, 112).
  • “Ha de recibir a Cristo como a su Salvador personal y ha de creer en él. Recibir y creer es su parte en el contrato” (ELLC, 12).

¿Tenemos que obedecer con el fin de recibir las bendiciones de la gracia de Dios”.?

Si podemos obedecer antes de recibir las bendiciones de la gracia, entonces ya no necesitamos la gracia ni sus bendiciones. ¡Ese es el problema!

“Lo que era imposible a la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Rom 8:3).

Por lo tanto, Noé, como nosotros, NO “tenía que obedecer con el fin de recibir las bendiciones de la gracia de Dios”, sino que tenía que recibir las bendiciones de la gracia de Dios con el fin de obedecer.

Isaac nació por milagro operado del Espíritu Santo en el cuerpo “que estaba ya como muerto” Romanos 4:19 de Abraham y en la muerte de la “esterilidad de la matriz de Sara”. Romanos 4:19

Por medio del espíritu santo que operó el milagro de la vida  en ese nacimiento. Entonces nacer de la promesa es nacer del Espíritu. El que nace del espíritu nace de la promesa. En otras palabras Isaac nació por milagro de Dios. Isaac nació como la obra del Espíritu . El Espíritu fue el que hizo nacer hace a Isaac, no la carne, no la voluntad de varón, no la voluntad humana.

Abraham no pudo ayudar a Dios con Ismael. El viejo pacto no pudo ayudar al nuevo. Nuestras obras no pueden ayudar a la gracia ni el legalismo al evangelio.

“Mas ¿qué dice la Escritura? Echa fuera a la sierva y a su hijo; porque no será heredero el hijo de la sierva con el hijo de la libre. De manera, hermanos, que no somos hijos de la sierva, mas de la libre” (Gál 4:30-31).

No podemos vivir en el nuevo pacto a base de “obedecer” y “prometer” según el viejo pacto.

No somos nosotros quienes renovamos nuestro corazón, sino Dios mediante su promesa. Nuestro corazón no se renueva a base de “obedecer”, sino permitiendo que el Señor cumpla su promesa en nosotros. ¿Cómo permitimos tal cosa? Leámoslo en Lucas 8:50; Rom 3:28 y 4:5.

  • Lucas 8:50 “Oyéndolo Jesús, le respondió: No temas; cree solamente, y será salva.”
  • Rom 3:28 “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.”

En la religión legalista Dios nos da órdenes, y nuestra respuesta es obedecer. Es el viejo pacto. En la religión verdadera Dios nos da promesas, y nuestra respuesta es creer. Es el pacto eterno. El fruto es la obediencia, pero esa obediencia no es nuestra respuesta, sino el fruto del Espíritu. No puedes obedecer a una promesa que Dios te hace: sólo puedes creerla. El que piensa que la respuesta apropiada a una promesa de Dios es prometerle obediencia a cambio, está en la esclavitud del viejo pacto.

“Vuestras promesas y resoluciones son tan frágiles como telarañas. No podéis gobernar vuestros pensamientos, impulsos y afectos. El conocimiento de vuestras promesas no cumplidas y de vuestros votos quebrantados debilita la confianza que tuvisteis en vuestra propia sinceridad, y os induce a sentir que Dios no puede aceptaros”

(El Camino a Cristo, 47).

“Este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días -dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios y ellos me serán a mí por pueblo” (Heb 8:10).

El pacto de Dios es su plan para poner de nuevo a los pecadores en armonía con su ley, mediante la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. El viejo pacto son las promesas del hombre de guardar la ley de Dios (Éxodo 19:8), que estaban condenadas al fracaso desde el mismo principio y lo siguen estando hoy. El viejo pacto es un ministerio de condenación, de muerte. Produce esclavitud. Pero si te hace sentir tu imposibilidad de obedecer la ley, tu imposibilidad de salvarte por tus obras, y te lleva a confiar enteramente en Cristo para tu salvación (nuevo pacto), ¡sirvió de mucho!

“Antes que llegara la fe, estábamos confinados bajo la Ley” (Gál 3:23).

2 Cor 3:18: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.”

Fuente: Comentarios Guía de Estudio 1 er trimestre de 2003 y 2º trimestre de 2021, Pr Robert Wieland, libros188.com

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